¡Dios quiera que sea pronto!

Cuando venga Jesús, le contaré mi historia y mi dolor, él me sabrá oír y me dedicará tiempo. Estoy seguro de ello. Además, sé que me podrá consolar adecuadamente, ya que tendrá la palabra exacta y la medida de justicia necesaria para hacerlo. No deberé competir con nadie para verlo. Tampoco tendré que justificarme o decirle quién soy, pues mi corazón no le es desconocido. Ni siquiera deberé presentar grandes logros para que él quiera dedicarme un rato; a él le agrada la sinceridad más que lo abultado de la ofrenda. Tendré mi tiempo a solas con él, le interesará mi ramillete de pocas flores que pude obtener en el camino y se sentirá feliz de recibirlas. En forma personal, calmará mis ansias y mis miedos; y con paciencia me ubicará con respecto a lo que hice correctamente y a lo que fue equivocado en mi vida. Sé que solo soy una caña cascada, pero el Señor Jesús no quiebra a una caña descartada como yo. ¡Sé que cuando llegue, todo será distinto!

Cuando venga el Señor, le haré las preguntas que siempre le hago. Y oiré de nuevo las respuestas, pero ahora directamente de su boca.

Y las verdades que diga me harán feliz, pues serán como una canción hermosa y muy conocida, de esas que uno siempre quiere volver a escuchar.

Cuando venga Jesús, dejaré olvidado mi bastón a la vera del camino, para que quede como el estandarte de combate de alguien que se esforzó en seguir andando. De uno que prosiguió caminando aun cuando el sentido común decía que no era prudente continuar.

Porque, ¿para qué es un bastón sino para que siga andando aquel que ya no puede valerse por sí mismo? Pues, digan lo que dijeren, un bastón es símbolo de firmeza y no de debilidad. Débil es el que ya no cuenta con la fuerza que otrora creía tener; y fuerte es aquel que pese a la debilidad sigue andando y andando, aunque avance a tientas.

Quiera Dios que venga pronto mi Señor, no me gustaría que me encontrara sentado mirando el horizonte o sin fe. Tampoco me agradaría que me encontrara escribiendo incoherencias que no ayudan a nadie. Quiero que me encuentre fiel y lleno de fe como en los mejores años. Deseo que venga pronto, pues lo que ahora me rodea da miedo y el miedo puede enfriar el amor.

¡Menos mal que ya estamos en primavera! La primavera no solo renueva la esperanza de recibir un nuevo verano, también nos hace pensar en la venida del Señor. Es que un verdadero creyente extraña el cielo, pues aunque nunca estuvo allí, está tan seguro de su existencia que es como si hubiera estado. Porque, ¿qué es la esperanza, sino extrañar o anhelar lo que se aguarda? Hay que esperar, lo sé, pero, ¿qué cuesta esperar? Hay tantas cosas que hemos esperado y nunca llegaron, que nada cuesta aguardar algo que se nos aseguró que llegaría.

Claro que todo lo dicho no impide que uno anhele que Jesús regrese pronto, tampoco impide que viva días enteros bastante distraído, mirando hacia las nubes.

Omar Gaitán